Donde guardo la magia
Siempre pensé que la magia era algo grande: portales, hechizos, luces imposibles. Pero no. La encontré en una calle cualquiera, cuando alguien me rozó la mano y el mundo se detuvo un segundo de más.
Desde entonces, pasan cosas raras: los semáforos se ponen en verde cuando pienso en él, las canciones cambian justo a las que me recuerdan a nosotros. Y cuando sonrío, juro que el aire se vuelve más ligero.
No se lo he contado a nadie. Ni siquiera a él. Porque tengo miedo de que deje de funcionar si lo digo en voz alta.
Pero anoche pasó algo distinto. Algo que no pude ignorar. Estaba sola en mi habitación, pensando en todo esto, cuando escuché su voz detrás de mí:
—No es magia —susurró—. Soy yo, intentando encontrarte.


