Los días que no salen en las fotos
Hoy la vida se levantó con ganas de ponerme a prueba. Y no hablo de una gran catástrofe tipo “se cayó internet” (aunque eso también me habría destruido), sino de esas pequeñas cosas que se confabulan para recordarte que, efectivamente, el universo tiene sentido del humor.
El despertador decidió que las siete, era una hora demasiado cruel para sonar. El café se quemó. Y mi pelo… bueno, digamos que amaneció en modo “nube de tormenta nivel final boss”.
Aun así, me juré que sería un buen día. Spoiler: no lo fue.
En el camino perdí el bus, un auricular y la dignidad cuando intenté correr con la mochila abierta y medio contenido volando detrás de mí. Había un niño riéndose. No lo culpo. Yo también lo habría hecho.
Pero lo más curioso fue que, entre todo ese caos, hubo un instante mínimo que lo cambió todo: estaba en la cola del súper, con el moño deshecho, la camisa manchada de café y cara de “necesito vacaciones urgentes”. Entonces, el chico de la caja me sonrió. No sé si por amabilidad o porque le di pena, pero me sonrió igual.
Y, por alguna razón, me reí.
Quizá fue ese momento ridículo y simple el que me recordó que no todos los días tienen que ser perfectos para valer la pena. Que a veces las pequeñas torpezas, los cafés fríos y los moños deshechos también cuentan historias.
Al final, estos son los momentos que no subimos a redes, los que no salen en las fotos… pero los que más nos hacen sentir vivos.

